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Por: Mariló y Jose.

A principios de mes, decidimos “quitarnos la espinita” y realizar la visita obligada a la Ciudad Imperial, que habíamos ya pospuesto en demasiadas ocasiones.

La otrora verdadera “Nueva York” de su época, la Ciudad de las Tres Culturas, cosmopolita, epicentro del arte y la cultura, antes del declive que produjo la decisión del Rey Felipe II, de trasladar la corte desde Toledo a Madrid, para convertir a ésta última, en la capital de su Reino (en 1561), se elevaba allí, sobre el internacional Tajo, espléndida y señorial, como siempre.

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El tiempo no nos acompañó, y tuvimos que sufrir un desplome de las temperaturas (lluvia, viento, granizo, etc.), que nos obligó a armarnos, en lugar de con el tradicional “acero toledano”, con un más práctico paraguas, chaquetón y altas dosis de paciencia.

Durante la única tregua que nos ofreció la previsión meteorológica, nos atrevimos a escapar de sus empedradas calles, a calzarnos las botas, a sacar la cámara de su funda y a acompañar el discurrir del Tajo, en su abrazo envolvente y protector alrededor de este enclave amurallado.

Ornitológicamente hablando… ninguna sorpresa.

Pero, ¡qué suerte poder contemplar el despertar de abril, engalanando a las aves de sus mejores libreas, en un paraje con tanta historia, cultura y belleza!

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